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Tartas de Queso y Frambuesas Veganas (sin horno)

Cuando llegué a Barcelona hace 15 años, me encantaba la idea de vivir en un lugar más caluroso. Me encantaba el verano. Iba a la playa casi todos los días y cuando no iba a la playa, tomaba el sol en la terraza del piso compartido donde vivía. Me daba duchas de manguera cada 5min, pero aún así, pasaba mucho tiempo al sol. Ahora me cuesta entenderlo. Quiero sombra. La sombra más oscura y espesa que se encuentre. Mejor la sombra de un árbol muy grande, porque debajo de estos árboles se crea una especie de microclima donde la frescura es mayor que en sombras generadas por edificios u objetos, ¿lo habéis notado? También evito salir al mediodía, aunque frecuentemente resulta imposible porque tengo que buscar a Simón a las 14:45. Antes me gustaba la idea de ponerme súper morena. Ahora me miro después de ir al parque durante tres días soleados y pienso que ya tengo más que suficiente.

El año pasado creo que fue el peor, llevaba una enorme panza de embarazada durante los meses de junio y casi todo julio. Recuerdo estar sentada en mi mesa, sudor en la frente, soñando con frondosos bosques, neblinas, frescura. Y en agosto estuvimos todo el mes por casa, no pudimos viajar con un recién nacido tan recién nacido. Simón, claro, estaba de vacaciones de la guardería y yo sin siquiera poder bañarme en la piscina. Miré en la agenda de actividades familiares con la esperanza de encontrar algo entretenido que hacer en algún espacio con aire condicionado y me sorprendí gratamente cuando vi que hasta en agosto todos los días estaban marcados con actividades. Después de unos pocos clics sin embargo llegó la decepción: al clicar sobre los días salían las opciones: las piscinas municipales están abiertas. Gracias, eso ya lo sabía de antemano.

Así que este año igual no me puedo quejar, en calor tardó más de lo normal en llegar y en agosto nos vamos a Alemania, estaremos cerca de lagos, con la familia que nos echará una mano con los niños y probablemente hasta estaremos un poco más frescos allá. El único inconveniente será perdernos la cosecha de tomates de nuestro huerto durante estos días.

Y mientras esperamos que llegue agosto, iremos a la piscina, tomaremos batidos muy fríos y comeremos tartas de queso y frambuesas veganas, sin necesidad de encender el horno. Y tú lo puedes hacer también. Porque aquí te dejo la receta. Tal vez te sorprenderá que lleven hinojo. Pensaba que podría dar un toque fresco interesante, dar una nota como de anís o regaliz, pero la verdad es que no se nota nada en el sabor.

Para una tarta grande o varias pequeñas (dependerá del tamaño del molde cuántas saldrán).

Notas:

  • Para las tartas de diferentes tamaños usé un set de cortadores de galletas redondas que tengo, pero puedes usa moldes normales. Incluso se podrían hacer en frascos para comer con cuchara.
  • Es un postre que se presta para preparar con antelación, ya que de todas maneras va al congelador durante un mínimo de 2h. Si tienes invitados lo puedes tener preparado días antes si te va mejor, y si son para comer en casa también es perfecto, porque los puedes tener en el congelador sin miedo a que una parte se eche a perder si no lo coméis todo enseguida e ir sacando siempre que apetezca.
  • Para la base:

    • 1/2 taza de avellanas crudas (podrías sustituir por almendras)
    • 1 cucharada de cacao puro
    • 1/2 taza de coco rallado
    • 6 dátiles medjool (puedes usar de rama, pero entonces serán unos diez y habrá que ponerlos en remojo en agua caliente antes)
    • 1/4 cucharadita de sal

    Para el relleno:

    • 1 1/2 tazas frambuesas, frescas o descongeladas
    • 1 hinojo pequeño (unos 115g)
    • 2 tazas de anacardos crudos, puestos en remojo durante un mínimo de 2h (toda la noche va bien también, en la nevera si hace calor)
    • 1/2 taza de sirope de arce
    • 1/4 taza + 1 cucharada de aceite de coco virgen prensado en frío
    • zumo y ralladura de 1 limón ecológico
    • una pizca de sal marina

    Para decorar (opcional):

    • frambuesas
    • flor de hinojo
    • polen de abeja (no vegano)
    • mermelada cruda de chia y frambuesas
    • menta fresca

    Para la base, pon todos los ingredientes en una procesadora de alimentos y pulsa hasta obtener una textura grumosa de forma que cuando la aprietas con los dedos se pueda formar una bola. Transfiere la masa a tu(s) molde(s). Usa los dedos para repartirla apretando. La base debería tener un grosor de unos 5mm. Para el relleno tienes dos opciones: hacerlo todo de una vez para obtener unas tartas rosadas uniformemente o en tres pasos para obtener diferentes tonos de rosado. Para la versión uniforme: agregar todos los ingredientes a una batidora de alta potencia y batir hasta obtener una textura muy cremosa. Para la versión en capas: agregar 1 taza de frambuesas, los anacardos, el hinojo, el sirope, 1/4 taza del aceite de coco, el limón y la sal a la batidora y bate hasta obtener una textura cremosa. Saca un tercio de la mezcla y reserva en un bol. Añade el resto de aceite de coco y 1/4 taza de frambuesas. Bate de nuevo. Saca de la mitad de la mezcla y reserva en un bol. Añade las frambuesas restantes y vuelve a batir. Pon esta última parte del relleno, la más oscura sobre la base. Alisa con una espátula o moviendo el molde. Cubre con el relleno un poco más claro y encima pon la parte más clara del relleno. Guarda las tartas en el congelador durante un mínimo de dos horas. Sácalas del congelador unos 20min antes de servir. Si hay sobras, se pueden guardar en la nevera durante al menos 2-3 días.

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