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Tarta de Triple Chocolate y Naranja Vegana

El otro día nos enteramos de que nuestro hijo es uno de tres que no consiguió entrar en el colegio que elegimos como primera opción. La probabilidad de que no entrara era relativamente baja, pero a alguien le tenía que tocar. Aunque supiera que el quedarse fuera era una posibilidad, fue un bajón cuando lo supe. En realidad ni siquiera habíamos estado muy convencidos con este cole, en términos generales preferiríamos que pudiera seguir aprendiendo jugando, decidiendo él mismo qué, cuándo y con quién, dentro o fuera y estuviera acompañado de adultos capaces de acompañarlo emocionalmente. Mejor aún que las edades estuvieran mezcladas, más como en una familia, para que los peques pudieran aprender de los grandes y los grandes aprendieran a cuidar de los peques. En realidad, 25 niños de 3 años con sólo una maestra me parece una locura. Sin embargo, nos habíamos hecho a la idea, viendo las cosas positivas que en este caso eran que iba a ir con un montón de niños que ya conoce y cuyos padres son nuestros amigos y que el cole está dentro del bosque con un patio muy grande y bonito, un huerto y gallinas. Pero en esta entrada no quiero hablar de coles sino que estos acontecimientos me hicieron pensar en la manera en la que creamos expectativas y las estrategias emocionales cuando estas expectativas no se cumplen. Quiero hablar del optimismo. Porque yo me esperaba que entraría en este cole.

Resulta que tenemos un sesgo optimista. Sobreestimamos la probabilidad de que pasen eventos positivos. Pensamos que viviremos más y más sano que el promedio. Pensamos que las vacaciones serán más gratificantes de lo que realmente serán. Y subestimamos la probabilidad de ocurrencia de eventos negativos. Conociendo la alta tasa de divorcios por ejemplo, la gente que se casa juzga mínima la probabilidad de que ellos se acaben divorciando. No pensamos que nuestro hijo será uno de los 3 que se quedan fuera del cole elegido. Y este sesgo parece ser consistente a todas las edades, géneros y nacionalidades. Alrededor de un 80% de la población lo muestra. Aunque hay grupo en el que este sesgo no está presente y son los que sufren de depresión. Individuos con depresión leve muestran una estimación realista de lo que ocurrirá, mientras que depresivos severos se muestran pesimistas.

Surgen dos preguntas principales: ¿es entonces adaptativo un sesgo optimista? y ¿cómo se mantiene este sesgo al largo de la vida si continuamente nos enfrentamos a una realidad que no se corresponde con nuestras predicciones? Parece que un mecanismo a través del cual mantenemos creencias excesivamente positivas sobre nuestro futuro consiste en que ajustamos nuestras expectativas selectivamente con información positiva (si el resultado es aún mejor de lo esperado), pero no con información negativa (por ejemplo cuando aunque nos digan que la probabilidad de separación es muy elevada, seguimos pensando que es muy difícil que nosotros acabamos separándonos de nuestra pareja). Esto se descubrió en un experimento donde pidieron a los participantes estimar la probabilidad de que les pasaran diferentes experiencias negativas (como sufrir de Alzheimer, o ser asaltados en la calle, etc.). Luego se les presentó con las probabilidades reales y consecutivamente estimaban de nuevo las probabilidades de que estos eventos les ocurrieran a ellos. Resulta que ajustaron significativamente sus expectativas cuando la probabilidad era más baja de la esperada, pero no cuando ésta era más alta. Así que nuestro optimismo es resistente a modificarse por la evidencia porque tenemos un sesgo de actualizar nuestras creencias sobre el futuro sólo (o sobretodo) con información positiva y una negligencia de hacerlo cuando nos encontramos con información negativa.

La predicción de eventos futuros es una habilidad cognitiva clave. En el cerebro, el giro frontal inferior se ha relacionado con la actualización de creencias negativas. En la gente optimista, cuando se enfrenta a una realidad que es peor de lo esperado, hay una actividad baja en esta zona, una especie de déficit en codificar la información negativa. Al contrario, cuando la realidad es incluso mejor de lo que nos esperábamos, tanto en optimistas como en los que lo son menos, esta información se codifica de manera eficiente en regiones de la corteza prefrontal. Otras regiones involucradas en el optimismo son la amígdala, una estructura subcortical importante para procesamiento emocional, y la corteza cingulada anterior, involucrada en la regulación emocional.

¿Pero puede ser adaptativa una predicción equivocada del futuro? ¿No deberíamos pensar que una predicción acertada de los eventos futuros es más adaptativa? Actualmente se cree que las ilusiones optimistas podrían ser las únicas creencias falsas adaptativas, porque reducen la ansiedad y el estrés, algo beneficioso teniendo en cuenta que el estrés crónico es malo para la salud. Se ha demostrado, por ejemplo, que individuos más optimistas tienen menos enfermedades infecciosas y un sistema inmunológico más fuerte. Además, los optimistas sienten que tienen más control sobre los eventos y una regulación emocional más eficiente, lo cual lleva a conductas más sanas, tal y como la práctica de deporte y una alimentación sana y equilibrada. En el ambiente laboral, tener unas estimaciones exageradas de las propias capacidades y subestimar el tiempo que pueda llevar un proyecto, en un contexto competitivo también resulta favorable.

De todas maneras hay que matizar si el optimismo es demasiado fuerte puede llevar a conductas de riesgo como pueden ser el tener sexo sin protección, fumar o gastos de dinero exagerados. Resumiendo entonces se puede decir que una cierta dosis de optimismo resulta ventajoso y hasta puede haber sido un motor en la evolución humana.

Os dejo un par de referencias, por si queréis profundizar en la neurocienca del optimismo: mi entrada está basada sobretodo en este artículo, publicado en Current Biology. Y aquí os dejo el enlace a otro artículo que identifica las bases cerebrales del optimismo como rasgo de personalidad.

Empecé a investigar sobre optimismo porque después de recibir las noticias sobre el cole, me sentí bastante decepcionada, mientras que Sebastián opinó que debería haber estado más consciente de esta posibilidad (obviamente la tuve en cuenta, sólo que al mismo pensé que no nos tocaría a nosotros). Él siempre intenta prever todas las posibles salidas y tomar medidas de precaución (a veces necesarias y útiles, y a veces innecesarias). Está firmemente convencido de que es mejor estar preparado para lo peor y luego alegrarse si las cosas salen mejor de lo esperado. Entiendo su posición y concuerdo en que a veces es importante tener un plan B, pero al mismo tiempo no quiero estresarme y ponerme ansiosa hasta que sepa lo que pasará. Esperar lo peor me hace sentir mal durante un tiempo prolongado. Además no es que esté convencida de que las cosas salgan de forma óptima (depende en parte de las probabilidades), sino que normalmente tengo en cuenta que algo puede ir mal o peor de lo esperado y me siento bastante capaz de adaptarme a una situación cambiada (puede que caigan algunas lágrimas, pero luego ajusto mis expectativas y busco una solución alternativa si hace falta (no estoy hablando de casos graves como cáncer o muerte)). Tampoco percibo a Sebastián como alguien extremadamente ansioso, así que no sé si lo que investigué sobre optimismo aclara del todo qué estrategia emocional es la mejor, pero diría que más bien fortalece mi posición, así que mientras pienso que nunca está demás estar preparad@, seguiré siendo optimista. Y seguro que acabaremos encontrando una solución satisfactoria al tema cole.

Ah, y claro, la receta. Un pastel de triple chocolate que prometí a la amiga cuyo hijo tampoco entró en el cole. Para consolarnos. De triple chocolate y un intenso sabor de naranja. Vegano. Súper húmedo, esponjoso y exageradamente chocolatoso. Es la primera vez que usé aquafaba (el agua de cocinar los garbanzos – ¡y no me hagas esta cara ahora, es increíble, se puede batir y queda como claras de huevo y en el sabor no se nota en absoluto!) para hacer un bizcocho, y me encantó el resultado. Luego tiene una crema de chocolate y anacardos y encima una capa de chocolate casero. Diría que es un pastel con un poder casi mágico. Hazlo y dímelo tú.

Notas

  • En vez de hacer un pastel con 4 capas, puedes hacer dos capas o sólo un pastel, simplemente utilizando un molde más grande y ajustando un poco el tiempo de horneado (comenta abajo si tienes dudas)
  • Usé algo de harina de espelta, pero estoy bastante convencida de que funcionaría con la mayoría de harinas sin gluten (aunque no la de coco).
  • Cómo es un pastel muy húmedo se conserva muy bien y se puede preparar con antelación sin ningún problema. De hecho es más firme y más fácil de cortar el día siguiente o después de unas horas.
  • Respecto al aquafaba: -he tenido experiencias diferentes con diferentes marcas, algunas son más líquidas que otras y las que son más gelatinosas son las que luego quedan más firmes batidas, pero creo que ambos tipos deberían funcionar en esta receta. Si no te importa que el pastel sea vegano y no tienes agua de garbanzos a mano o lo encuentras simplemente demasiado raro -aunque te prometo, ¡es imposible de detectar!- puedes sustituir por 4 claras de huevo (y echar las yemas a la masa también).
  • El chocolate de encima lo hice yo, pero puedes usar chocolate negro comprado y añadir una cucharada de aceite de coco para hacerlo más fácil de cortar.

Ingredientes

Para los bizcochos

  • aproximadamente 1 taza de aquafaba (agua de cocinar garbanzos, yo usé lo que me salió de un frasco de 660g neto y 425g escurrido)
  • 100g chocolate negro (70-85% cacao)
  • 1 taza de harina de espelta blanca
  • 1 taza de harina de almendras (almendras molidas)
  • 1/2 taza cacao en polvo (sin endulzar)
  • 1 taza de azúcar de coco
  • 1 cucharadita de sal
  • 2 cucharaditas de polvo de hornear (levadura química)
  • 1 taza de leche vegetal no endulzada (yo usé leche de avena)
  • zumo y ralladura de una naranja ecológica (1/3 taza de zumo aproximadamente)
  • 1 cuchara de extracto de vainilla puro (opcional)

Para el frosting

  • 1 taza de anacardos, puestos en remojo durante al menos un par de horas
  • 150g de chocolate negro (70-85% cacao)
  • 1 cucharadita de extracto de vainilla (opcional)

Para el chocolate

  • 1/4 taza de manteca de cacao (aceite de coco también funciona)
  • 2 cucharadas de cacao puro
  • 1 cucharada de sirope de arce
  • 1/2 cucharadita de extracto de vainilla puro

Instrucciones
Precalienta el horno a 180ºC. Cubre la base de dos moldes con un diámetro de 16cm con papel de hornear y engrásalos (yo lo hice con aceite de coco). Empieza fundiendo el chocolate al baño maría. Mientras se va fundiendo, combina el resto de los ingredientes, excepto el agua de los garbanzos, en un bol grande. Bate el agua de los garbanzos en un bol limpio a punto de nieve (yo lo hice con una batidora eléctrica de mano y me tomó unos 4 minutos). Usa la misma batidora para mezclar los otros ingredientes. Agrega el aquafaba y el chocolate fundido y ligeramente enfriado con cuidado y mezcla a mano lo justo para que la masa esté homogénea. Llena los moldes con un cuarto de la masa cada uno y hornea durante 12min o hasta que un palito salga limpio. Repite con el resto de la masa. Deja enfriar los bizcochos mientras preparas el frosting. Para ello, funde el chocolate al baño maría y mientras, añade el resto de los ingredientes a una batidora de vaso (con un minipimer seguro que también funciona, aunque puede que los anacardos no se disuelvan completamente y quede un pelín grumoso) y tritura hasta obtener una textura lisa y cremosa. Mezcla con el chocolate fundido. Al principio es bastante líquido, pero se endurece cuando el chocolate se enfría. Lo mejor es dejarlo enfriar un poco, hasta que tenga un textura cremosa, de manera que no salga por los bordes, pero es fácil de untar.
Ya puedes empezar a montar la tarta. Cubre un bizcocho con un cuarto del frosting y repite hasta tener tu tarta de cuatro pisos. Para la capa de chocolate final (opcional), funde la manteca de cacao al baño maría, luego añade sirope de arce, cacao y vainilla y mezcla. Dejar enfriar un poco hasta tener una textura espesa y cubrir la tarta. Decora con unas escamas de sal marina o a tu gusto. Disfruta la tarta y cuéntame si te gustó o mejor aún, enséñame una foto poniendo @cancaramelo o #cancaramelo en instagram.

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