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Pie de Cerezas

Aunque el verano este año se deje esperar un poco (algo que por cierto agradezco bastante, llevo el calor peor cada año…), ya se siente en el aire, y con él, la fruta y verdura de verano. Sentarme por la mañana en el jardín, y disfrutar un bol de avena con cerezas, melocotones, fresas y arándanos – o una tarta/ pie de cerezas como el de la receta de hoy, caliente o fría, tal cual, o con helado o nata fresca – creo que pocas cosas me pueden parecer más placenteras. Cada año es un momento especial cuando de repente nos encontramos con abundancia de fruta jugosa de todos los colores. Saliendo del invierno, se hace especialmente dura la espera de la fruta del verano. Nos volvemos impacientes, cansados de las opciones limitadas que nos ofrece el invierno. Eso, junto con la incapacidad de mi hijo mayor (de tres años) para esperar los 10min que necesito para terminar de preparar la cena, me hicieron pensar en la paciencia y cómo está implementada en nuestro cerebro. También estaba pensando en el placer especial de la anticipación, saber que tendremos algo que no es disponible siempre y cuando nos da la gana y la alegría potenciada por la conciencia de los límites.

A finales de los 60s hubo un experimento psicológico interesante que se conoció como el “Stanford Marshmallow Experiment” en el que se les explicaba a niños entre 4-6 años que si no comían un chuche de su elección que se dejaba en frente de ellos hasta que volviera el experimentador al cabo de 15min, se les daría otro chuche. Observaron que algunos niños se comían la golosina en cuanto el experimentador dejaba la habitación, mientras que otros esperaban pacientemente o utilizaban estrategias como taparse los ojos, dar patadas a la mesa o acariciar a la golosina como si fuera un peluche. Después y de manera inesperada se encontró que los niños que fueron capaces de esperar, tuvieron mejores resultados académicos de adolescentes, un mejor rendimiento en tareas cognitivas y eran menos obesos. Y cuando con una parte de la muestra se hizo un estudio de neuroimagen, se observó patrones de actividad distintos con más actividad en la corteza prefrontal (una zona asociada con funciones ejecutivas) en los que eran capaces de esperar y una mayor actividad en el cuerpo estriado ventral (una estructura que forma parte del circuito de recompensa) en aquéllos que se habían mostrado incapaces de aguantar.

Variaciones de esta tarea aún son de las más comunes a la hora de investigar la paciencia. En términos generales se puede decir que somos impacientes en el momento, pero más racionales cuando se trata de plazos más largos. Así, si al a gente se le pregunta si quieren 10 Euros en el momento o 11 Euros al día siguiente, la mayoría opta por los 10 Euros, mientras si se ofrecen 10 Euros al cabo de un año u 11 Euros al cabo de un año y un día, la mayoría de la gente decide esperarse un día más. Un explicación para este comportamiento reside en el descubrimiento de que dos redes cerebrales disociables parecen estar involucradas: por un lado el sistema límbico (una parte evolutivamente antigua del cerebro, debajo de la corteza cerebral) está involucrado en la recompensa inmediata, pero es poco sensible hacia promesas en el futuro. La corteza prefrontal lateral por el otro lado, una estructura evolutivamente avanzada, importante para la planificación temporal, tiene que ver con juzgar recompensas más abstractas y diferidas en el tiempo.

Un estudio reciente ha encontrado una relación interesante entre la fuerza de voluntad, paciencia e imaginación. Para mi sorpresa, parece haber un acuerdo general de que la fuerza de voluntad es un recurso limitado que se agota si la ejercemos demasiado. Por eso acabaría comiendo dos pizzas y una tabla de chocolate alguien que está siguiendo una dieta estricta y se ha controlado todo el día para sólo comer una ensalada. Intuitivamente me hubiera imaginado la fuerza de voluntad más como un músculo, que cuando más se ejerce, más fuerte se vuelve. Pero estudios de neuroimagen han mostrado que hay menos actividad en la corteza prefrontal dorsolateral (asociada con la fuerza de voluntad) después de esforzarnos en controlarnos. Sin embargo parece que nuestra paciencia no solo depende de la fuerza de voluntad sino que imaginarse las consecuencias de ser impaciente también puede ayudar en prolongar nuestra paciencia.

Dicho eso, imaginar las cerezas antes de poder tenerlas sólo empeora la añoranza y confieso que una vez que llegan me pongo tan contenta que intento compensar el hecho que la temporada es relativamente corta comiendo quilo tras quilo de cerezas. Mayoritariamente directo del bol, porque me gustan mucho y porque soy terriblemente impaciente. Pero alguna vez me me esfuerzo en tener un poquito más de paciencia, deshueso todo un quilo de cerezas, mezclo los ingredientes para una masa, la extiendo, la coloco en el molde y la lleno con las cerezas. Y salen cosas tan ricas como el cherry pie que os enseño hoy.

Y una nota sobre las fotos: estaba experimentando con diferentes luces y sombras y fondos claros y oscuros y pensé que lo mejor sería decidirme por una variante para todas las fotos de la entrada para que fuera más coherente, pero como no me pude decidir, os dejo con una entrada coherente en la variación entre claro y oscuro.

Para un pie de unos 22cm de diámentro o unos 7-8 mini tartas de 10cm de diámetro.

Para la masa:

  • 250g harina de espelta blanca
  • 120g harina de almendras (almendras molidas)
  • 80g mantequilla fría
  • 3 cucharadas/75g sirope de arce
  • 1 huevo
  • ralladura de 1 limón
  • 1/4 cucharadita de sal

Para el relleno:

  • 1kg cerezas, deshuesadas
  • 1/4 taza de sirope de arce o miel
  • zumo de 1 limón
  • 3 cucharadas de maizena o arrurruz
  • 1 cucharadita de extracto de vainilla puro/ semillas de una vaina de vainilla/ 1/2 cucharadita de vainilla en polvo
  • 1 huevo (para pincelar la tapa)

Instrucciones
Comienza con la masa. La puedes hacer directamente sobre la superficie de trabajo o en un bol. Para lograr una textura hojaldrada es importante no amasar demasiado y no dejar que la masa se caliente demasiado. Puedes usar tus manos o una rasqueta para combinar los ingredientes. Pon la harina de espelta y la harina de almendras, sal y ralladura en el bol (o sobre la mesa). Haz un pequeño molde en el medio y pon ahí el huevo, el sirope de arce y la mantequilla. Combina desde fuera hacia dentro. Intenta hacerlo rápido y cuando todo está uniformemente unido, pon en la nevera durante al menos 20min.

Mientras tanto, prepara el relleno. Calienta las cerezas en una olla grande. Añade el sirope de arce y la vainilla. Disuelve la maicena o arrurruz en el zumo de limón y añade la mezcla una vez las cerezas estén hirviendo. Baja el fuego y cocina unos minutos más hasta que se espese, removiendo continuamente. Saca del fuego.

Precalienta el horno a 180ºC. Engrasa tu molde. Separa la masa en dos. Pon la mitad más grande sobre una hoja de papel de horno. Coloca otra hoja encima. Extiende la masa con ayuda de un rodillo en forma de círculo (de un grosor de unos 5mm) que sea unos 5cm más grande que el diámetro del molde. Saca el papel de arriba y coge la masa con el papel de abajo y vuélcala con cuidado en el molde (también puedes poner la masa con el papel para que sea fácil sacarla del molde, pero en este caso yo lo saqué para tener más margen para la decoración y porque este tipo de tartas se suelen cortar y comer directamente del molde). Añade las cerezas, después extiende la mitad más pequeña de la masa y colócala encima. Junta la masa de debajo y la de encima apretando con los dedos. Si sobra mucha masa, córtala con un cuchillo, te irá bien para la decoración. Enrolla los bordes un poquito hacia abajo para tener una masa un poco más gruesa que facilitará la decoración de los bordes. En una de las fotos puedes ver la técnica para conseguir un borde ondulado. Cuando la tarta esté lista para hornear, usa un cuchillo afilado para hacer unos cortes pequeños para prevenir que se formen burbujas. Hornea durante 35-40min, hasta que el relleno esté burbujeante y la parte de arriba ligeramente bronceada.

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